Nuevo audio libro de la exquisita Ana María Bovo | 29 AGO 11

"Cuentos de humor y de amor"

Relatos narrados con la voz de una extraordinaria actriz que rescata el viejo hábito de contar historias.
Fuente: IntraMed 

A veces la cultura nos da la oportunidad de vivir experiencias inolvidables. Pliegues de sensibilidad exquisita que nos dejan temblando y volcados hacia nuestra propia intimidad. El audio libro de Ana María Bovo, "Cuentos de humor y de amor", es una de esas infrecuentes oportunidades. ¡No se lo pierda!

Sinopsis de Cuentos de Humor y Amor - Con CD -

Un reencuentro con el placer olvidado de que nos cuenten cuentos. Este libro de Ana María Bovo, acompañado por un CD, contiene una selección exquisita de sus relatos favoritos, esos que despiertan el aplauso más enfervorizado del público. Para aquellos que no la han escuchado nunca en vivo, es una oportunidad única de experimentar toda la emoción y la gracia en la voz de esta narradora sin par. El libro contiene los textos originales de cada cuento y el cd, la versión grabada por Bovo. En el cambio de soporte de la letra escrita a la voz, la escritora y actriz crea una nueva versión que, según dice ella misma, es siempre una "amorosa traición". Ángeles Mastretta -clásico absoluto en sus espectáculos-, Katherine Mansfield, Eraclio Cepeda, León Tolstoi, entre otros, encuentran en su incomparable arte de narrar la interpretación perfecta para sus historias.

Ana María Bovo:

No me atrevía a grabarlo por el temor de acuñar mi voz en los relatos de una vez y para siempre. Hasta que un espectador que me lo reclamaba, cuando le di mis razones, me contestó: “No es para que lo escuches vos. Es para nosotros”.  Sencillamente, me convenció.

En el subtítulo dice “los relatos favoritos de mi repertorio”. Gran parte de ese repertorio lo elegí gracias a los espectadores y espectadoras que, una y otra vez, desde la penumbra de la sala, solían pedirme que contara de nuevo “La niña sapa”, “La leyenda del amor”, “La tía Valeria”, “El punto cruz” y otros relatos.

Se encontrarán con mi voz en cada relato. Allí fui puntuando con mi aliento la suerte o la desventura de cada personaje.

Un relato breve acerca de mi tarea pedagógica.

Las sillas que se ven en la foto son las de la casa de mi abuela. De sólo mirarlas conozco el peso de cada una, porque desde muy chica colaboré con entusiasmo en sacarlas desde el comedor a la galería cuando llegaban visitas en verano o en arrimarlas al calor de la cocina económica cuando las visitas venían en invierno.

Algunas eran tan livianas que no me dejaban en el brazo ninguna huella, ninguna marca. Con las historias era al revés. Veo esa fotografía y la luz del sol que rebota en las sillas, que se cuela por unos orificios de la parra, y siento otra vez el regocijo que me daba escuchar las voces de la gente. Gente contando historias. Esas historias no me estaban especialmente destinadas. Eran parte de las conversaciones con que los adultos trenzaban sus recuerdos, incertidumbres, esperanzas. Contaban, por ejemplo, sobre la gitana que había echado una maldición ante una puerta cerrada, sobre la injusta agonía de un hombre bueno, sobre un perro que habían llevado a perder, sobre la procesión para pedir una lluvia generosa, el auto nuevo que comprarían si la cosecha era buena, una maestra soltera que había venido de otro pueblo, la orquesta del último baile, el pecado que cometía el cura haciendo su sermón tan largo.

Mi interés por esas voces se encendía con cada historia y se apagaba cuando, dentro de la charla, caían las migajas de lo cotidiano: el precio del pan, el vencimiento de los impuestos, los trámites jubilatorios. Después de la intensidad de aquella primera experiencia, desde mi profesión de narradora sigo cultivando el gusto por los relatos, y mi tarea pedagógica consiste en eso: enseñar a construir historias. No lo hago por nostalgia.

Es porque, como dice Roland Barthes, en el fondo de cada relato hay un deseo, y un deseo vale tanto como una moneda de oro. Valen mucho las historias porque entrañan un deseo y los deseos -ya se sabe- ayudan a vivir.

Ana María Bovo

 

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