Relación Médico – Paciente | 03 JUL 17

“Dibújame un cordero”

Escenas de "El Principito" como metáforas de la relación entre médicos y pacientes
Autor: Ricardo Teodoro Ricci P.N.T.I.C. Módulo 1- Unidad1

Bien vistos, los encuentros humanos son siempre sorprendentes. Algunos lo son por su espontaneidad, otros por la profundidad que logran alcanzar, otros en fin, por la sencillez y la contundencia del intercambio comunicativo. Este último, es el caso del primer encuentro entre el Principito y el piloto del avión averiado en medio de las inmensas extensiones del desierto de Sahara. Esa sencillez y el mensaje subyacente, pueden resultar aleccionadores y pertinentes para algunos encuentros que los médicos tenemos con nuestros pacientes; basta ser un poco lúdicos y permitir que nuestra imaginación se despliegue generosamente. Mi intención es centrarme en ese diálogo inicial de la obra magna de Saint – Exupéry para desentrañar su contenido propositivo y emocional. De usted, estimado lector, espero que se disponga a apreciarlo en su pureza original, y a la vez intente vincularlo con su experiencia en clave de Relación Médico – Paciente. Mi propuesta es que, de ese dialogo, entresaquemos algunos trazos útiles para nuestros encuentros clínicos. Lo reconozco, reclamo de usted un compromiso emotivo; quizás con esta aproximación alternativa podamos aprender, ponderar y entresacar elementos que nos sean útiles en la práctica de la medicina.

El piloto que sobrevuela el desierto inmenso del Sahara detecta un desperfecto en el motor de su aeronave. Caer en el desierto significa quedar bloqueado como persona por carecer de toda posibilidad, incluso la de sobrevivir biológicamente. Está a más de mil millas de cualquier lugar en el que podría recibir auxilio, por ese motivo decide aterrizar entre las dunas e intentar reparar él mismo su motor con los escasos recursos que tiene a su disposición. Se trata por lo tanto de un ser humano que ve de pronto interrumpida la fluencia normal de su vida, se ve confrontado con la adversidad, y ante tales circunstancias toma una decisión. Acaso la única posible. Debe encarar, por sus propios medios, acciones que le permitan regresar a su vida habitual. Se trata de un ser humano en estado patente de necesidad, en una instancia extrema de vida o muerte. Sólo tiene reservas de agua para ocho días, no es un experto en mecánica, y las herramientas con las que cuenta son básicas.

Fuera de contexto, casi como si fuera un sinsentido, se presenta en el escenario un hombrecito rubio, ni perdido ni descorazonado. El piloto despierta cuando una vocecita lo interpela: “Por favor, ¡dibújame un cordero! Como respuesta a su expresión de sorpresa, recibe un reforzamiento del pedido: “¡Dibújame un cordero!”

La metáfora es fantástica. En medio de la soledad extrema irrumpe un jovencito, que al pedir el dibujo de su cordero, tácitamente propone las bases de toda comunicación humana efectiva. De manera implícita está diciendo: Te veo, te distingo como un agente, como un ser capaz de intencionalidad, capaz de establecerte etapas para conseguir metas, te distingo como alguien racional, te entresaco del ambiente hostil y desesperanzado al reconocer que puedes entenderme y actuar conmigo de forma recíproca. Es decir, te rescato de en medio de la indiferenciación, eres un alguien para mí. ¡Eres mi otro! Desconociendo la situación de emergencia del piloto, el principito parece insistir: Deseo que te ocupes de mis asuntos, que le des una solución a mí problema. En lugar de arremangarse para colaborar con la reparación del motor, propone un nuevo problema, uno que parece estar en otra dimensión, en otra lógica. Acaso las mejores soluciones provengan de estos cimbronazos producidos por los bruscos cambios en los niveles de ambientación.

Al parecer esta persona está en condiciones de darme una mano con mi problema inmediato: “Dibújame un cordero”. Cuando era niño - piensa el piloto -  las personas grandes me disuadieron de dedicarme al dibujo, yo sólo sé de boas abiertas y boas cerradas. Sé de geografía, historia, física aeronáutica, cálculo y gramática, en fin, ‘cosas serias’. Por ese motivo no estoy capacitado para satisfacer tu solicitud. “Por favor, dibújame un cordero”. Ante tamaña insistencia el piloto dibuja una boa cerrada. Inmediatamente el niño dice: No, no quiero una boa con un elefante adentro, eso no es lo que necesito. Un rotundo fracaso de mis conocimientos y seguridades, mi zona de confort se encuentra severamente jaqueada, se me pide que dé un paso fuera de los límites, pensaría el piloto. Es un nuevo desafío, he de aventurarme.

Dibuja un cordero, pero este primer intento fracasa porque el Principito considera que parece estar muy enfermo. Un segundo intento fracasa también porque el cordero tiene cuernos, “no, eso es un carnero, tiene cuernos”. El tercer intento es una nueva decepción: el cordero es demasiado viejo, “necesito un cordero joven y pequeñito”. Al fin, recordando el recurso de la boa cerrada, el piloto dibuja una caja con orificios laterales y se la propone a su exigente interlocutor: “Toma, ahí tienes tu cordero”. La cara del jovencito se ilumina de gozo, es lo que quería, un cordero joven y pequeño. Ilusión es lo que se necesita para ver lo que hay dentro, la caja es una apelación a la imaginación que los adultos ya no solemos usar. El Príncipe se asegura que tenga suficiente hierba y ve que su pequeño cordero se ha quedado dormido. Aquí parece iniciarse el tema propio de esta obra literaria: la necesidad de aprender el secreto de la plenitud humana que se logra en el encuentro amoroso y en el retorno creativo al mundo propio.

El piloto se ha ganado una amistad, su soledad se ha esfumado. Ahora podrá ponerse a arreglar el motor con compañía. La necesidad ha sido satisfecha, no en el aspecto de lo necesario para reparar una falla mecánica, sino en el sentido de un alma esperanzada que encarará la solución mecánica. Se comparte un espacio en donde la soledad ha dejado de existir como problema existencial, en la que parecen no importar las mil millas de aislamiento. El avión sigue averiado y el agua se terminará en ocho días, sin embargo el desasosiego se ha trocado en esperanza. “En esta sencilla narración aparentemente infantil se condensa en una imagen el profundo mensaje de los pensadores existenciales (Heidegger, Marcel, Jaspers): Cuando uno se halle en una situación límite, sin base alguna para la esperanza, no debe entregarse a la fatalidad de la desgracia, sino dar el salto a un nivel superior, el nivel de la creación de vínculos interpersonales. Es el modo óptimo de superar la vida inauténtica e iniciar una vida de plenitud.”[1]

Los niveles de la necesidad humana pareces solaparse, parecen superponerse de modo que lo que en un nivel es un obstáculo insalvable, en otro se asemeja a una puerta a la esperanza, a un esbozo de solución. Lo que en un nivel es poco práctico y desechable por insólito, en otro nivel se transforma en motivación y promesa. El aislamiento de la enfermedad, su dolor y su penuria, puede trocarse en tarea, en desafío y en victoria personal.

Eso sí, es necesario que se presente alguien, que desde su propia fragilidad, solicite explícita o implícitamente: ¡Por favor, dibújame un cordero!

 

            Ricardo Teodoro Ricci


El autor

Profesor Ricardo Teodoro Ricci

Profesor de Antropología Médica, Facultad de Medicina – Universidad Nacional de Tucumán, Argentina

Comentarios

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Dra. Mariana Isabel Tahhan   Hace 3 meses
siempre es un placer leer al Dr. Ricci.
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