Un conmovedor relato del Dr. Cesar Leo Kronwitter | 10 ABR 17

Rosita

Una narración cargada de emociones y humanidad de un médico pediatra que hace años ha encontrado en la literatura un inteligente complemento de la medicina. Relato ganador del Concurso Literario de la Caja de Profesionales de la Salud de la Provincia de Córdoba 2017
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Autor: Cesar Leo Kronwitter  

*Relato ganador del Concurso Literario de la Caja de Profesionales de la Salud de la Provincia de Córdoba 2017

Rosa. Su nombre es Rosa. Se llama como su abuela, pero los pocos que la conocen le dicen Rosita. Vive con su familia en un paraje olvidado del noroeste cordobés, donde la tierra es árida, la lluvia escasa y la soledad grande. Es la mayor de seis hermanos y acaba de cumplir quince años. Trabaja en las tareas de la casa y con los animales en el corral. No terminó la escuela primaria, en tercer grado abandonó para ayudar en el trabajo del campo. Tiene tres perros que no se despegan de su lado. Se levanta temprano, con el sol. Habla poco. Sonríe menos.

Ese día de febrero a la siesta, salió a escondidas mientras el resto de la familia dormía. Buscó su caballo y al galope tomó por el sendero. Antes de llegar al rancherío vecino silbo dos veces como era la costumbre. Bajo la sombra de un algarrobo esperó acariciando a manchita su noble compañero. Al ratito apareció un muchacho de la misma edad, también a caballo. José Gabriel, bautizado con ese nombre en honor al cura Brochero. Se acercó y le dio un beso en la mejilla. Al trotecito buscaron el camino que los lleve hasta el arroyo. Rosita y José Gabriel se conocen desde siempre, crecieron juntos, jugaron juntos y a hora ya más grandes se acarician y se besan cada vez que pueden, siempre a escondidas.

- Mi papá no se tiene que enterar- le decía Rosita- porque me va a encerrar en la casa y no me va a dejar salir más - concluía con miedo.

Ya lo habían decidido. Al llegar desmontaron y dejaron los caballos atados a la sombra. El canto de las chicharras rompía la monotonía de la siesta. Se recostaron sobre el césped de la orilla dispuestos a amarse por primera vez. Sus cuerpos desnudos cantaron una suave melodía de juventud y pasión pintando en el aire una acuarela de amor genuino, sin contaminación, angelical. Un encuentro verdadero y definitivo.

- Te quiero- dijo José Gabriel.

- Te quiero –respondió Rosita.

 El atardecer los encontró siendo uno, abrazados. Un bello sol desaparecía entre los talas y espinillos. Hubiesen querido quedarse allí para siempre, pero era hora de volver.

Los vómitos comenzaron a las semanas. Rosita no podía con su cuerpo. Se sentía rara, cansada. El aroma de la comida le provocaba nauseas. Su madre se dio cuenta inmediatamente y la increpó en la cocina preguntándole si había tenido el sangrado este mes. La niña sabiendo la respuesta, mintió. El miedo la envolvió en esos eternos días hasta que su abdomen no pudo disimular lo que crecía adentro suyo. Una mañana de lluvia su padre la despertó a los gritos y a los golpes. Furioso descargó su ignorancia y frustración disfrazada de impotencia, exigiendo el nombre del cómplice de la travesura. Rosita, acurrucada en su cama, recibía resignada la ignominiosa paliza paterna, pero no habló. Con sus labios lastimados se tragó el dolor. Selló su boca y su corazón. Se prometió no pronunciar una sola palabra más y muda quedó. El silencio y su hijo por venir, pasaron a ser su única compañía.

El automóvil importado llega de repente. Contrasta con el paisaje de pobreza y desolación. La tierra del guadal lo sigue como una sombra. Color gris, vidrios oscuros, es la segunda vez que viene. La primera fue hace unos meses y el señor de traje que manejaba estuvo un buen rato hablando con los padres de Rosita. El calor es insoportable e inusual para este mes de noviembre. Del vehículo estacionado en la única sombra frente a la casa, descienden tres personas. Un hombre de traje azul, el mismo de la vez anterior, y una pareja de mediana edad que abrazados caminan hacia la vivienda. La niña encerrada en una de las piezas, no escucha nada de la conversación. Solo siente su vientre duro y un dolor que la atraviesa. Sus pies hinchados apenas le permiten caminar y su tristeza la ahoga. Llora por las contracciones. Llora por la incomprensión. Amargas lágrimas de desconsuelo y aflicción.

- Rosita prepará tus cosas que nos vamos- ordenó la madre, abriendo la puerta bruscamente.

Cansada, agitada y sudorosa la niña obedece guardando la escasa ropa que tiene en un bolso de tela hecho a mano color turquesa. Sus hermanos la abrazan. Con un vestidito floreado, el cabello recogido y el abdomen prominente, camina lento ayudada por su madre. Parten en el mismo automóvil importado.  Lo hacen raudamente, dejando otra nube de polvo espesa, que tardó un buen rato en disiparse.

Después de una hora de viaje llegan al pueblo. Estacionan frente a la clínica Del Milagro. A Rosita la esperan con una habitación perfumada, con blancas y suaves sábanas que nunca en su corta vida había tenido. El hombre de traje, que las había acompañado, habla con su madre diciéndole que está todo arreglado y mañana firman los papeles.

- ¡Fuerza Rosa! ¡Dale que ya nace! - grita el obstetra en la sala de partos.
- Mi nombre es Rosita- murmura para si la niña con la cara enrojecida por el esfuerzo.

Está rodeada de gente desconocida. Una enorme lámpara alumbra su cuerpo desnudo, solo cubierto por una bata. El ruido de los instrumentos la atemorizan. Tiene miedo que la corten o la pinchen. Una de las enfermeras la tranquiliza con una tierna mirada, mientras acaricia su cabello. Lo mejor que puede hacer es parir lo más rápido posible. Con ambas manos se toma de la camilla y empuja con decisión, con bronca. Dolor, mucho dolor. Luego un vacío en su vientre que la alivia. A las once y veinte de la noche, según consta en la ficha, Rosita es mamá de un varón. Extenuada por el esfuerzo se duerme y sueña. Correteando por el campo con sus perros, llegando a corral para atender a los cabritos recién nacidos. Galopando en su caballo hasta el río, con gorriones y jilgueros acompañándola. Sueño de niña. Sueño de libertad.

Un llanto la despierta en mitad de la noche. En la habitación, su madre descansa en la cama contigua. Rosita se incorpora y superando el mareo inicial, camina hacia la salida. Una luz tenue ilumina el pasillo desierto. No se ve absolutamente a nadie. Descalza, vestida con la bata blanca, deambula siguiendo el sonido. Se detiene en la puerta identificada con el número ocho. Ingresa sin golpear. El llanto es agudo, desesperado, inconsolable del niño en brazos de aquella mujer, la misma que la acompañó en su viaje a la clínica. Con un suave movimiento, Rosita toma al pequeño, lo besa con ternura en la frente y lo coloca contra su pecho. Olfateando, el recién nacido encuentra la teta y comienza a mamar tranquilo. Suspira aliviado. Ambos acaban de encontrar su lugar. Con su hijo en brazos, Rosita piensa en José Gabriel y el maravilloso día en que se amaron. Una sonrisa nueva, plena se dibuja su rostro. Camina hacia la puerta pero se detiene antes de llegar, da media vuelta y mira a la pareja que la observa incrédula. Con voz firme y decidida Rosita habla. Después de un silencio de casi nueve meses, habla y feliz dice:

- No.

Cesar Leo Kronwitter

 

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