Escepticemia por Gonzalo Casino | 02 ENE 17

Sin embargos

Sobre los beneficios y perjuicios de la información médica y científica embargada
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Autor: Gonzalo Casino Fuente: IntraMed / Fundación Esteve 

La palabra embargo es uno de los préstamos del español más universales. Está en muchos idiomas, desde el inglés, el alemán, el francés, el finés, el polaco y el sueco hasta el indonesio, el kazajo, el croata, el tagalo y el kurdo. La etimología de esta voz castellana remite al verbo imbarricare del latín vulgar o romance primitivo de la península ibérica, que a su vez se deriva probablemente de barra. Actualmente, embargar significa prohibir el transporte y comercio de bienes –o males, como las armas–, pero también el flujo de información. Lo que quizá no sabe mucha gente es que la mayor parte de la información médica y científica que difunden los medios de comunicación ha estado previamente embargada. Y que esto es precisamente lo que potencia su enorme visibilidad.

El embargo que practican The Lancet, Science, JAMA, Nature y casi todas las principales revistas médicas y científicas consiste en hacer accesibles sus estudios a los periodistas acreditados durante unos días antes de que la publicación salga a la luz. Y es entonces cuando, en un día y a una hora prefijados, las redes sociales y los medios de comunicación de todo el mundo se inundan de mensajes similares sobre las mismas investigaciones, valoradas a menudo por los mismos expertos. Esta homogeneidad informativa, tan sospechosa y poco periodística, es una de las principales señas de identidad de la comunicación y el periodismo científicos. El statu quo se ha consolidado a partir de la década de 1990, probablemente porque ha sido beneficioso para ambas partes (revistas y periodistas). Pero sus ventajas iniciales empiezan a pesar menos que sus inconvenientes.

La política del embargo instaurada por las publicaciones científicas con la aprobación de los medios ha permitido, sin duda, dar una mayor visibilidad a la ciencia. Miles de periodistas de todo el mundo informan los jueves de lo que publica Science y los viernes de lo que cuenta el BMJ, por citar dos ejemplos. Pero generalmente se hacen eco solo de lo que estas revistas les han seleccionado y servido en bandeja de plata (nota de prensa y artículo original) unos días antes, para que así tengan más tiempo de preparar sus informaciones. Los periodistas han aceptado este acuerdo porque esto les facilita su trabajo. El resultado es que más de las tres cuartas partes de las noticias científicas se sustentan en comunicados de prensa embargados. Gracias a este acuerdo, llevamos varias décadas con un menú informativo que controlan las revistas y confeccionan sus gabinetes de comunicación, y que no es el más saludable.

La ciencia se ha hecho de este modo muy visible, aunque prácticamente solo vemos una parte mínima de los dos millones largos de estudios anuales que publican las mejores revistas. En su mayoría, son mensajes sueltos sobre investigaciones puntuales y sin el necesario contexto. El efecto comunicativo se asemeja a cuando escuchamos frases sueltas y no sabemos de qué va la conversación. Y esto es, en buena medida, una consecuencia perversa de la política del embargo. “Periodistas, intentad imaginar un mundo sin los embargos”, proclama el periodista médico Ivan Oransky, autor del blog Embargo Watch y de un reciente manifiesto publicado en Vox en el que explica por qué los embargos de las noticias científicas son malos para el público. Sin embargos, la tarea del periodista sería menos previsible, pero también más estimulante y orientada al público, al no existir rutinas impuestas ni impedimentos informativos. Porque, como bien ilustra la etimología, embargo viene de barra, es decir la tranca que refuerza una puerta para impedir el paso, en este caso de la información científica. Sin embargos, el periodismo sería sencillamente más periodismo. Y el público sería el gran beneficiado.


Columna patrocinada por IntraMed y la Fundación Dr. Antonio Esteve (España)

 

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