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Arte y Cultura
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14 JUN 06 | El pensamiento y la pasión
Fútbol y literatura: con los pies en la cabeza
¿Qué piensan del deporte de los pies los que juegan con la cabeza?

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ÍNDICE 
Ideas y goles...
El fútbol según Fontanarrosa
Aquel gol a los ingleses (Roberto Fontanarrosa)
Puntero izquierdo (Mario Benedetti)
El Fútbol a Sol y Sombra, (E. Galeano)
Maradona y la épica del espectador
La vera historia del fixture, (Adrián Paenza)
Maradona (Eduardo Galeano)
"La patria transpirada" Juan Sasturain
Jorge Valdano
Transi (Guillermo Saccomano)
Hartos del Mundial (Sandra Russo)
Dieguito (José Pablo Feinmann)
Fútbol y Filosofía
Las voces del fútbol (Mabel Gándaro)
Libros de fútbol
Libros y fútbol (Sergio Olguin)
Ideas y goles...

Nadie puede quedar ajeno a las pasiones que despierta el deporte. Por la afirmación o por el repudio, intelectuales de los más diversos orígenes hacen explícitas sus opiniones sobre el tema. Resulta siempre revelador conocer el pensamiento de quienes, por su formación y su talento, pueden expresar sus ideas con claridad y belleza.

IntraMed ofrece una recorrida por originales trabajos que abordan el tema desde las más diversas perspectivas. Un viaje a menudo tormentoso al país de las ideas de la mano de quienes conocen la pasión que el deporte genera ya sea por compartirla o por rechazarla.

***

El fútbol salió redondo (Orlando Barone)

El fóbal es el fóbal. Lo sé. Lo sabe el planeta. En el Arca de Noé no iban tantas especies como las que hay en las tribunas. Su pluralidad es superior a la de la democracia porque es infinita: no discrimina entre niños inocentes y killers . Al fútbol no le importa: es neutro como una patria. Contiene al bien y al mal. Todo junto. Y permite la imposible cruza de individuos que fuera del fútbol se desconocen, se prejuzgan o se evitan.

Otros deportes convocan públicos más, o menos numerosos. Pero presumen de algún distingo: sea social o económico. Sugieren alguna pertenencia y a veces alguna ideología. No son iguales las hinchadas del polo que la del box, ni la del tenis que la de bochas. El fútbol se propaga por transmisión oral. Atraviesa a la sociedad desde el macho a la hembra, como pasa en la vida. Tiene para los hombres el mismo peso que tiene para la mujer el amor. Digo el amor: no la muñeca. La "Barbie" se abandona, la pelota no.

Hace algún tiempo invité a mi mujer y a una amiga a ver un partido en la Bombonera. Todavía no habían terminado de sorprenderse de aquella fantástica diversidad de la condición humana, cuando enseguida hay un gol de Boca. El estadio estalla. Mi mujer y su amiga no entienden qué acababa de pasar que ellas se habían perdido. "¿ Hicieron un gol?", dice la amiga con carita de pájaro interrogando al aire en voz alta. "Yo tampoco lo vi", agrega mi mujer. "Qué rápido fue: no alcancé a verlo". Pero cuando la amiga le echó la culpa a la pelota diciendo que era muy chiquita para poder verla, sentí que no había retorno.

Los vecinos de platea las oyeron y empezaron a reírse. Intenté decirles a mi mujer y a su amiga que así eran los goles. Que cuando uno menos se lo espera ¡zaz! la pelota entra. Pero no tuve tiempo. Desde la fila de atrás una voz gritó: "¡El replay! ¡Que les pongan el replay a las chicas!" Alrededor era una fiesta. Ellas acostumbradas por la televisión a la repetición de los goles en continuado, se lo habían perdido. Primera enseñanza: así se pierde uno en la vida los goces para los que no está preparado. Llegan y pasan sin que logremos capturarlos. En el amor es igual. Ambos son difíciles aunque igualmente masivos, porque su atracción tienta a cualquiera. El amor y el fútbol son las dos grandes tentaciones colectivas.

No hay ningún otro arte que se cree o se ejecute con los pies.

Con las extremidades llamadas inferiores. Superiores son las manos. Es menos excepcional ser Ginóbili o Federer que Maradona. Y desde esa inferioridad, desde esa modestia operativa, se les exige a los pies la sensibilidad de la lengua, del paladar, de la yema de los dedos, del pubis. Además de aguantarse los golpes del rival y las zancadillas. Y hasta se les exige la aptitud de oír. Sí: porque los pies de los jugadores artistas tienen el oído absoluto de un concertista. Y hay pies tan exquisitos que escuchan no ya por dónde anda la pelota sin necesidad de tocarla ni de verla, sino que escuchan dónde se esconde. Y hasta dónde está por irse. Saben qué está pensando la pelota: son pies adivinadores.

Por eso se cotizan en igual cantidad de millones de dólares un cuadro de Picasso y las extremidades inferiores de Ronaldinho o de Messi. Si la filosofía piensa a todas las otras ciencias: el fútbol es pensado por los aficionados de todos los deportes. También por los que no son aficionados a nada. Hasta los que lo odian viven el odio sin poder salirse del fútbol.

Y está la pelota. Una esfera. La pelota prehistórica debió haber empezado siendo algún fruto redondo, después habrá sido la cabeza de un enemigo decapitado y más tarde el bollo de papel, el atado de trapo, la pelota de goma. Hasta la actual pelota tecnológica.

Es que la esfera es importante: allí están la esfera del mundo y la esfera celeste y la de Pascal, que es infinita. Y la "pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor" de "El Aleph". Y está la boca abierta como una "O" gritando un gol o un orgasmo. O un asombro.

El fútbol lo inventó un genio. Le salió redondo.

Por Orlando Barone
LA NACION

***

No sólo de fútbol vive el hombre, por Beatriz Sarlo

¿Alguien sueña con pedirse el día para ver un torneo de tenis por tevé? No, porque la gran mayoría futbolera discrimina a otras minorías deportivas.

La semana pasada hice una propuesta acerca de los contenidos didácticos que, para tranquilizar la conciencia de las autoridades educativas y asegurar la paz en las escuelas, podrían repartirse a los chicos antes de que se sentaran a mirar por televisión los partidos de fútbol que jugará la celeste y blanca. Pero seguí pensando en el asunto y me saltó a los ojos la injusticia que se comete con los aficionados a otros deportes. Sé que el fútbol televisado es global y compararlo con otros deportes es incorrecto en términos cuantitativos. Los norteamericanos podrán seguir considerando que un domingo de febrero, cuando se juega el Superbowl, la fecha es tan importante como el Día de Acción de Gracias. Pero, incluso allí, en el país del fútbol americano, nuestro fútbol ya está pisándole los talones.

Tampoco quisiera discutir cual será el deporte favorito del planeta en el siglo XXI, sino referirme a los sufrimientos de las “minorías deportivas” cuyos derechos no son respetados como los de las mayorías futboleras. Los espectadores que forman parte de las “minorías deportivas” son cruelmente discriminados, porque tienen otra orientación deportiva y han construido su identidad de un modo diferente al mainstream. Pocos parecen darse cuenta de que los sentimientos de los espectadores de las minorías deportivas deben ser tan respetados como los de cualquier otra minoría. Se podrá decir que las minorías deportivas son prácticamente residuales, pero eso no liquida la cuestión de la igualdad de derechos entre minorías y mayorías.

Por ejemplo, ¿con qué razonamientos podrá el director de una escuela convencer a dos chicos dedicados al atletismo que no pueden mirar el segundo salto de la tesonera garrochista argentina en los próximos Juegos Olímpicos, aunque ese evento se superponga con las horas de clase? ¿Qué injusticia privará a los niños nadadores de seguir las pruebas olímpicas, y quedar condenados a ver una repetición televisiva incierta puesto que no se trata de un partido de fútbol protagonizado por la albiceleste? ¿Quién podrá amonestar a un adolescente que no hizo los deberes porque juega al rugby y la noche anterior se transmitió una final mundial con los Pumas? Estas inclinaciones minoritarias hacia deportes también minoritarios tienen hoy menos derechos que las opciones mayoritarias por el deporte rey.

Sin ir más lejos, mañana comienza Roland Garros, torneo que ganó un argentino y en el que fueron finalistas otros dos en el último par de años. Allí estarán las mejores raquetas de este país. Por la diferencia horaria con Francia, los partidos suelen transmitirse a la mañana. Me pregunto cuántas horas desesperadas tiene por delante la minoría de niños y adolescentes fanáticos del tenis (que, como Roland Garros, incluye a mujeres y varones). ¿Ha previsto el Ministerio de Educación que se respeten los derechos y sentimientos patrióticos de estos niños, ya que en esa primera semana habrá partidos donde participarán argentinas y argentinos?

El mítico Wimbledon también se juega en horarios que se superponen con los horarios matutinos. No sé si las autoridades educativas van a indicar que las escuelas respeten el derecho de tres o cuatro chicos, no importa cuántos sean porque se trata de derechos y estos deben ser pensados de modo universal, a mirar un octavos de final donde, si Dios quiere, estará presente una raqueta argentina. Como este año Wimbledon se superpone con el Mundial, ¿se contemplará la posibilidad de que la escuela alquile un televisor extra para no reprimir el derecho de la minoría de chicos aficionados a un deporte no masivo? Y, de paso, a mí y a otros trabajadores, haciendo la vista gorda, ¿nos darán las mañanas libres?

No hay antecedentes, hasta ahora, pero ello significa que los chicos que forman las mayorías del fútbol reciben un tratamiento mejor que las minorías de la garrocha, el estilo pecho o el tenis. Se podrá objetar que el Mundial de Fútbol sucede cada cuatro años y, en cambio, los torneos de tenis son anuales. Habrá que sentarse a negociar un código de convivencia: son muchos menos chicos los del tenis, se podría autorizar un solo torneo por año, etcétera.

El fútbol, en casi todo el mundo, ha tenido la potencia de convertirse en causa nacional, algo que no han alcanzado otros deportes. En una época de lealtades débiles y de causas colectivas enclenques, de solidaridad precaria con compatriotas que sufren y con extranjeros que son hostigados, de ensimismamiento en el propio nicho social, el fútbol ofrece el único momento propicio para que resurja un sentimiento colectivo. Podrá ser inevitable, pero no es necesariamente bueno, excepto para la industria de la televisión y otras máquinas económicas globales.

Como no se puede hacer mucho, la modesta iniciativa que presento es que se igualen todos los derechos de todas las aficiones deportivas.

Beatriz Sarlo (Clarín) 

***


Debates
Cada cuatro años llega mi calvario: el Mundial de fútbol

Fernando Savater.
Filósofo, Universidad Cumplutense de Madrid

Estos días suelo acordarme de un viejo chiste. El paciente le dice al médico: "Doctor, he odiado a mi padre y a mi madre. Ahora odio a mi mujer, a mi suegra, a mis hijos, a mi jefe. Odio al gobierno. ¡Odio a todo el mundo!" El médico responde, confundido: "¿Y por qué me cuenta usted a mí eso?" "Pero…¿no es usted el médico del odio?" "¡No, hombre, no! Soy médico del oído…"

No puedo remediarlo, en ciertas ocasiones me siento identificado con el pavoroso enfermo que se equivocó de puerta. Cada cierto tiempo, según pautas misteriosas e inexorables, noto que mis relaciones con el universo empeoran sensiblemente y que me brota de lo más íntimo de las entrañas una hostilidad insondable contra todo lo que se mueve y corre.

Los síntomas son inconfundibles: sin poder hacer nada para remediarlo, una vez descartado el suicidio por instinto de conservación, cae sobre mí un nuevo mundial de fútbol. Sólo queda aguantar el largo chaparrón de brutalismo y entusiasmo patriótico, los berridos del triunfo y los lamentos borrachos de la derrota, con crujir de dientes y mascullar de blasfemias.

¡Quiero venganza! Pero sé que no la obtendré. Mientras planeo mi revancha atroz pasará el tiempo y llegará, implacable, abrumador, obtuso, vil pero cierto como la muerte, el próximo mundial.

Habitualmente, estoy a favor de todo lo que causa placer a los humanos. No me importa que sea sucio, pecaminoso, trivial o acompañado de fuegos artificiales. Si los humanos somos sucios, pecadores y triviales, tampoco podemos pedir mucha elevación a nuestras diversiones. Lo peor que puede decirse de nuestros placeres es que se nos parecen demasiado: si resultasen de otro modo, no nos complacerían. Sea como fuere, quiero gozo y cachondeo: ¡señores, venga alegría! Me declaro un puerco más de la jubilosa piara de Epicuro y me siento solidario con mis colegas cuando gozan y retozan.

Detesto a los que no se divierten más que amargando con sus críticas desmitificadoras las modestas o inmundas diversiones de los demás. ¡Déjelos revolcarse, pobrecillos! No gruña, no zahiera. Si lo asqueroso hace pasar un buen rato, tampoco es cuestión de flagelar a nadie. Mírenos las caras: ¿qué esperaba? Entre usted y yo, se ve cada tipo... demasiado que no muerdan.

O sea, por resumir: que en todo coro de rugidos orgiásticos estoy favorablemente dispuesto a aportar la segunda voz.

Con el fútbol, ya ven, hago una excepción. Amparada, desde luego, en los mejores apoyos intelectuales. Cuando el rey Lear quiere mostrar su máximo desprecio por alguien lo insulta así: "¡Tú, vil futbolista!" (acto I, escena 4). Yo en cambio le escupiría: "¡Vil espectador de fútbol!" Porque jugar al fútbol es un ejercicio grotesco y plebeyo (se suele elogiar a los que lo practican con un repugnante: "ha sudado bien la camiseta"), pero al menos resulta en bastantes casos disparatadamente rentable. Y, como decía el doctor Johnson, "pocas actividades hay más plácidas y recomendables para un hombre que dedicarse a ganar dinero".

En cambio el espectador de fútbol no hace incesantemente más que perder. Mientras los equipos juegan, pierde los nervios; cuando su equipo es derrotado, pierde la compostura y la decencia; pero si su tribu vence, él pierde la cabeza.

Me refiero a los partidos de fútbol "normales", si me disculpan el oxímoron: aunque en todos ellos, los fanáticos de cada club adoptan arrebatos identificatorios propios de los peores momentos de la secta de estranguladores de la diosa Kali, según nos los detalló el gran Emilio Salgari. Pero cuando hay banderas nacionales de por medio, las cosas aún empeoran. Lo que suele llamarse eufemísticamente "la masa enfervorizada" —en realidad, una piara de lunáticos maleducados poseídos por el síndrome patriotero— se entrega al estruendo y la furia hasta extremos que habrían hecho a Macbeth añorar la amable compañía de las brujas. Lo más insoportable son los cantos, los ripios, los "oé, oé, oé".

Y no hay cura: en Italia acaban de enterarse de que los grandes partidos de su Liga han estado arreglados y los árbitros sobornados, pero siguen tan aficionados al fútbol como antes.

El incomparable Fontanarrosa, que ha escrito cuentos sobre fútbol tan divertidos que casi justifican literariamente la existencia de esa ignominia, dice que "pese a la tradicional aptitud de los argentinos para la cancha" a él dos razones lo han alejado del estrellato deportivo: la primera, su pierna izquierda; la segunda, su pierna derecha.

Tengo no dos, sino dos mil razones para odiar de la manera más desaforada la demencia mundial que se aproxima. Las portadas de los periódicos más serios no hablarán de otra cosa, los telediarios postergarán por un día las necesarias matanzas para ilustrarnos sobre los vaivenes de esos millonarios en calzoncillos que sudan la camiseta mientras aúllan en las gradas los chacales con estandarte. En las escuelas de Argentina dicen que van a poner televisores durante el mundial, porque si no prevén que los alumnos dejarán de asistir a clase. Mientras llegan a Alemania miles y miles de prostitutas, para saciar a los aficionados a las pelotas. ¡Qué asco! ¡Qué humillación!

Y lo peor de todo: durante semanas, yo no sabré de qué hablar con quienes me son más dulcemente próximos.

Clarín y Fernando Savater, 2006.


 
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